Anna Karénina

By Leo Tolstoy

«¡Qué artista y qué psicólogo!», exclamó Flaubert al leerla. «No vacilo en afirmar que es l. a. mayor novela social de todos los tiempos», dijo Thomas Mann. Dostoievski, contemporáneo de Tolstói, l. a. calificó de «obra de arte perfecta».

La sola mención del nombre de Anna Karénina sugiere inmediatamente dos grandes temas de l. a. novela decimonónica: pasión y adulterio. Pero, si bien es cierto que los angeles novela, como decía Nabokov, «es una de las más grandes historias de amor de l. a. literatura universal», baste recordar su celebérrimo comienzo para comprender que va mucho más allá: «Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo». Anna Karénina, que Tolstói empezó a escribir en 1873 y no vería publicada en forma de libro hasta 1878, es una exhaustiva disquisición sobre los angeles institución normal y, quizá ante todo, como cube Víctor Gallego (autor de esta nueva traducción), «una fábula sobre l. a. búsqueda de l. a. felicidad». los angeles thought de que los angeles felicidad no consiste en l. a. satisfacción de los deseos preside l. a. detallada descripción de una galería espléndida de personajes que conocen l. a. incertidumbre y l. a. decepción, el vértigo y el tedio, los mayores placeres y las más tristes miserias.

Lev Nikoláievich Tolstói nació en 1828, en Yásnaia Poliana. En 1852 publicó Infancia, seguido de Adolescencia (1854) y Juventud (1857). Plasmó sus recuerdos de los angeles guerra de Crimea en Relatos de Sebastopol (1855-1856). El éxito de su huge novela Guerra y paz (1865-1869) y de Anna Karénina (1873-1878), dos hitos de l. a. literatura common, no alivió una profunda challenge espiritual, de l. a. que dio cuenta en Mi confesión (1878-1882). Una extensa colección de sus Relatos ha sido publicada en esta misma colección (ALBA CLÁSICA MAIOR, núm. XXXIII ). Murió en 1910, rumbo a un monasterio, en l. a. estación de tren de Astápovo.

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En cuanto a éste, le costaba trabajo disimular el desprecio que le merecía ese viejo señor, y hacía visibles esfuerzos por rebajarse al nivel de su entendimiento. Por lo demás, había comprendido que no tenía ningún sentido hablar con él, que l. a. cabeza de esa familia period l. a. madre. Para ella reservaba las perlas de su elocuencia. En ese momento l. a. princesa entró en el salón, acompañada del médico de cabecera. El príncipe se alejó, para que no se dieran cuenta de lo ridícula que le parecía esa comedia. l. a. princesa, desconcertada, no sabía qué hacer. Se sentía culpable ante Kitty. –Bueno, physician, decida nuestro destino –dijo–. Dígamelo todo. –«¿Hay esperanzas? », había querido añadir, pero los labios le temblaron y no fue capaz de formular los angeles pregunta–. Hable, physician… –Primero quiero cambiar impresiones con mi colega. Luego tendré el honor de comunicarle mi opinión. –¿Prefieren que les dejemos solos? –Como gusten. los angeles princesa suspiró y salió. Cuando se quedó a solas con su colega, el médico de cabecera empezó a exponer tímidamente su opinión; a saber, que se trataba del principio de un proceso tuberculoso, pero que… etcétera. El médico famoso le escuchaba, pero en mitad de su perorata echó un vistazo a su grueso reloj de oro. –Ya –dijo–, pero… El médico de cabecera defendó un respetuoso silencio. –Como usted sabe, no podemos diagnosticar el principio de un proceso tuberculoso. Antes de los angeles aparición de las cavernas, no disponemos de ninguna prueba. Pero podemos albergar sospechas. Y hay algunos indicios: falta de apetito, excitación nerviosa y demás. Lo que tenemos que preguntarnos es lo siguiente: ¿qué se debe hacer, cuando existen sospechas de un proceso tuberculoso, para despertar el apetito? –Pero ya sabe usted que siempre hay causas morales y espirituales ocultas –se permitió intercalar el médico de cabecera con una sonrisa sutil. –Sí, eso por descontado –respondió el médico famoso, consultando de nuevo el reloj–. Perdone, ¿sabe si está arreglado ya el puente Yauza o hay que dar un rodeo? –preguntó–. ¡Ah, ya lo han arreglado! Entonces no necesitaré más de veinte minutos. Como íbamos diciendo, el problema que debemos resolver es el siguiente: despertar el apetito y tonificar los nervios. Una cosa está relacionada con l. a. otra, así que hay que actuar en ambos frentes. –¿Y el viaje al extranjero? –preguntó el médico de cabecera. –Soy contrario a ese tipo de viajes. Y permítame que le haga una apreciación: si nos encontramos ante el principio de un proceso tuberculoso, cosa que no podemos saber, un viaje al extranjero no servirá de ninguna ayuda. Lo que necesitamos es un remedio que despierte el apetito sin perjudicar al organismo. Y el médico famoso expuso su plan: un tratamiento con aguas de Soden, cuyo mérito vital consistía, por lo visto, en que no podían causar ningún daño. El médico de cabecera le escuchaba con atención y respeto. –En want de un viaje al extranjero podría mencionarse el cambio de ambiente, el alejamiento de unas condiciones que despiertan recuerdos ingratos. Además, los angeles madre lo desea –dijo.

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